martes, 6 de julio de 2010

Sarlo entrevista a Meijide


Durante el gobierno de Raúl Alfonsín, tu actividad como secretaria de la Conadep te colocó ante personajes que combinaban el delito común con la participación en actividades represivas. Una historia que mezcla espionaje, soberbia, amenaza y pretensión de impunidad.
-Hacia 1980, la dictadura ordenó la detención de policías que habían armado, dentro de los grupos de tarea, pequeños emprendimientos personales: usaban la camiseta para secuestros, extorsiones, robos, mejicaneadas. Estaban en la cárcel de Caseros, por delitos comunes. Algunos de esos tipos pidieron declarar ante la Conadep, quizás calculando que podía favorecer su situación. A raíz del testimonio de un sobreviviente, yo acepto interrogar a uno de estos policías presos, que llegó acompañado por otro del mismo oficio. Un psicópata. Todo el tiempo intentó colocarse, frente a mí, en la posición dominante. En un momento, me pasó unas hojitas: los originales de lo que se llamaba "pedido de blanco", es decir la comunicación sobre quién va a ser detenido o secuestrado, y la "alternativa", o sea a quién debía llevarse el grupo de tareas si el "blanco" no estaba en el lugar. Me la entregaba como prueba de que había tenido poder y de que podía eventualmente recuperarlo. Una amenaza no muy difícil de descifrar. Pero eso no fue todo. De pronto, tiró un manojo de llaves sobre el escritorio y dijo: "Son las llaves que abren la puerta de la casa de las Madres; yo estuve ahí". Como a nosotros nos habían puesto micrófonos en la APDH, le pregunté: "¿Y las de la Asamblea no me las puede dar?". Se mira con otro tipo que había venido con él y le pregunta: "¿A la APDH la hicimos nosotros?" Esa es la trama que se había armado, una trama muy difícil de deshacer.
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