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Libro Marcado, Confesionario Radio, Lecturas + Música, Lecturas + Música, Escritura Creativa, Fabula Autobiográfica. La máquina de proyectar sueños.

miércoles, 18 de enero de 2017

Hoy en LaNación Confesionarioa

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El hábito de escuchar poesía

LA NACION
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Daniel Gigena
MARTES 17 DE ENERO DE 2017 • 21:08
Así como vamos al cine o al teatro, a bailar a discotecas o a visitar museos, en la ciudad de Buenos Aires y en otras de las provincias, asistimos (o podríamos asistir) a ciclos de lectura de poesía. En los años 90, iba a las lecturas de poesía que organizaban Delfina Muschietti y Daniel Molina en el Centro Cultural Rojas. El ciclo se llamaba La Voz del Erizo y por allí pasaron, leyeron y recitaron sus poemas escritores hoy imprescindibles: Mirta Rosenberg, Arturo Carrera, Hugo Padeletti, Diana Bellessi. Si no recuerdo mal, se hacía los jueves a la noche. A veces llegaba solo y allí me encontraba con conocidos, amigos, compañeros de estudio con los que después cenábamos y comentábamos lo que habíamos escuchado. Ese ciclo duró diez años y, además de enriquecer la vida cultural de la ciudad, me hizo compañía.
"Como oyente me gusta ir a los ciclos porque son espacios de escucha y de socialización, donde se puede conocer a otros poetas y salir del lugar más rígido y formal que implica leer sus libros o blogs -dice la poeta Luciana Reif, que en 2016 publicó Entrada en calor-. En los ciclos aparecen los vínculos de cariño y otro tipo de relación que va más allá de la lectura de los libros." El Rayo Verde, organizado por los asistentes al taller de poesía de Osvaldo Bossi, es el ciclo de cabecera de Reif. "Voy casi religiosamente porque es un lugar donde se respeta mucho la voz de los que leen y se genera una escucha muy atenta. Al mismo tiempo es el lugar donde van mis amigos y conocidos, y compartir con ellos esas lecturas es poder seguir armando vínculos y socializando en torno a la literatura."
Mis amigos y yo obedecíamos el consejo de John Cage a sus alumnos: "Vengan o vayan a todo lo que haya". Vivíamos en la ciudad y aprovechábamos la enorme cantidad de espectáculos y encuentros culturales gratuitos. Cuando se hacía silencio en la sala del Rojas, empezaban las lecturas. Para mí, al comienzo, era como una sesión con médiums, un acto de magia verbal, un ritual que, en vez de apelar a seres de ultratumba, le inyectaba más vida a la vida. Sin que me diera cuenta entonces, las lecturas de poesía cumplían además una función didáctica y reparadora.
El festejo de los 10 años de Confesionario, en el Centro Cultural Rojas
El festejo de los 10 años de Confesionario, en el Centro Cultural Rojas.
"Cuando arranqué con Lecturas + Música a fines de los años 90, la idea era crear comunidad, lo opuesto al escritor en su torre o caverna -dice Cecilia Szperling, escritora y creadora de ciclos como Confesionario-. En la práctica, como se compartía escenario con una banda de rock, la idea era el escritor como músico de rock. Y fue una idea tan irresistible para los participantes que hasta los que miraban con desconfianza querían venir." Szperling también es una invitada frecuente a ciclos de lectura. "Me encanta ir y a veces se logra la magia -dice-. Eso es genial. Por supuesto no pasa siempre, pero cuando pasa es muy hermoso."
"En las lecturas veo la expansión que puede tener un texto en un ámbito distinto al de la soledad de la lectura -cuenta Walter Lezcano, que este año publicará dos nuevos libros: Punk rock y La velocidad de la sangre-. Se trata de ampliar los cercos de la intimidad y conseguir algo parecido a una comunión con los demás. Y el sostén es algo inmaterial: esas palabras que se van compartiendo al micrófono." Para Lezcano, durante la lectura hay una exposición que transmite un modo en el que el texto puede ser leído. "Aportás una voz, una certeza posible, un flujo interpretativo -arriesga el autor de Rejas-. Disfruto de ese nivel de relación con los otros: uno que nos permite ser más libres, honestos y sin condena a la vista."
Flor Codagnone, poeta y performer, participa de muchas lecturas. "Es una decisión política: si pretendo que la poesía llegue a todos lados no puedo evitar las lecturas", dice. Sin embargo, no es el único ámbito en el que participa; Codagnone leyó en manifestaciones, en neuropsiquiátricos, en escuelas, en teatros, en conciertos. "No está mal leer entre y para los colegas, de ningún modo, pero a veces siento que se necesitan cruces inesperados", agrega la autora de Resto, publicado en 2016. ¿No son como semillas las ideas de los poetas?
Le escribo a Patricio Foglia, un poeta amigo habitués de las lecturas de poesía. Afortunado él, veranea en las sierras. Le pregunto por qué asiste a los ciclos de lectura. "La presencia del poeta, con su voz y sus poemas, es una pátina que se adhiere a la experiencia de lectura, complejizándola y enriqueciéndola, colaborando en la definición de un tono, un personaje (¿pero quién lee, el poeta o el yo lírico?) -me responde el autor de Tokio-. Por supuesto que todo esto es innecesario, pero no me parece que la utilidad sea una palabra clave para pensar eso. Con parlantes y micrófonos desvencijados, la poesía circula por la ciudad."
Después de un paréntesis (o, como dirían los poetas, "un blanco") en esa actividad modesta y hospitalaria, una nueva generación de poetas le dio impulso a los ciclos de lectura. Inés Manzano, que falleció en 2016, creó uno inolvidable, llamado Interiores, en el que participaban poetas de provincias. Y luego aparecieron otros, con nombres que despiertan curiosidad: Rumiar, Antropóetico, Antidomingo de Poesía, El Bosque Sutil, Mandinga, Carne Argentina, Cruzando Veredas. Son, como me pareció hace más de veinte años el de aquel ciclo del Rojas, nombres fascinantes, que predisponen a la sorpresa, el quiebre de la rutina y el hallazgo. Pocas veces decepcionan.

jueves, 25 de agosto de 2016

La vida soñada de la infancia sobre La máquina de proyectar sueños en Revista Ñ

Revista de Cultura

  • Miércoles 24 de agosto de 2016

Reseñas

La vida soñada de la infancia

Narrativa argentina. Una visión personal y original de los pliegues de la niñez es la que presenta Cecilia Szperling en su último libro.

POR BETINA GONZALEZ

Hay una poética de la niñez que retoma ese período de la vida como el de la ausencia (tal vez feliz) de la palabra. Hemos olvidado esa mudez, presente en la etimología de la palabra “infancia” y en cómo la idea de niño se ha construido en nuestras sociedades. Niño es el que aún no habla y, por eso, porque no ha sido corrompido por la lógica del lenguaje, es por siempre misterioso, incomprensible, casi un otro animal al que en vano quisiéramos volver. Ese misterio es el que alimenta a La máquina de proyectar sueños . ¿Cómo sería si pudiéramos recuperar la experiencia de la pura sensación, ese jardín vasto e inexplorado que es el mundo cuando somos chicos?
La respuesta de Cecilia Szperling se afirma en un desafío formal a la altura de ese misterio: una escritura que es pura impresión, imagen fragmentaria y presente.
La máquina de proyectar sueños describe la vida de una niña desde sus cuatro años hasta los quince. Pero lejos de querer “documentarla”, la resignifica en una prosa donde la lógica de la vigilia y el sueño se invierten: la vida, nos dice Szperling, tiene poco que ver con esos lugares comunes y ritos de pasaje que estamos acostumbrados a reconocer en cualquier biografía (nacer, tener padres, ir a la escuela, sufrir, amar, y repetir). Por el contrario, la vida es la impronta que cada uno de esos verbos deja en una sensibilidad particular, única: esa que la lengua reconoce y multiplica con el pronombre “yo”. Contar todo eso en una narrativa articulada sería fallarle al misterio. Por eso, uno de los aciertos de La máquina...
es esa voz artificial, esa primera persona imposible que vive en un presente continuo en el que lo único que pasa es ella misma. Por eso se refiera a su familia con genéricos: Padre y Madre son sólo eso, las hermanas son “Mayor” y “Menor”, así como los eventuales encuentros con otros se minimizan frente a ese yo gigante con términos como “el niño de la Pileta”, “el niño de Provincias”, la “Cabeza del Comedor”. Otro de los aciertos es la invasión del mundo onírico sobre el de la razón. Sueños, mareos y desmayos son tanto o más importantes que los hechos. Pérdida o ganancia de la conciencia, queda siempre la incógnita. La voz que juega a ser infantil y adulta a la vez, que cita a la tragedia griega y al cine clase B, que en un capítulo tiene siete años y en el final cien, es capaz de contar con igual gracia y sordidez el hecho de que Mayor le esconda las bombachas y un episodio en que un niño es obligado por su padre a matar a un perro. Hacia el final, con el mismo tono, la protagonista se referirá al estado permanente, irreversible, de duelo que nos acontece cuando nos ocurre la muerte de otro. “El zombi es uno que no murió por sí mismo sino que accedió a La Muerte gracias a un amigo que muere y lo lleva...”, dirá).
Mucho se ha escrito sobre la pulsión confesional de nuestra época. Sin embargo, es un gesto que en la literatura latinoamericana se inicia tan atrás como 1924, con Ifigenia .
Diario de una señorita que escribió porque se fastidiaba de Teresa de la Parra, aunque habitualmente se prefiera adscribirlo a los 90, con obras como la de Fernando Vallejo. Como sea, en ese intersticio que problematiza la vieja oposición entre ficción y verdad, Cecilia Szperling parece ubicar a su propio libro al calificarlo de “fábula autobiográfica”. Y sin embargo, La máquina de proyectar sueños es más que eso (sin duda, está más cerca del formato de diario íntimo de Teresa de la Parra que de la llamada “autoficción” contemporánea). Es un libro que pide ser leído lentamente, como ese teatro de sombras que es la propia infancia y al que sólo de vez en cuando podemos volver en la parcialidad, la desesperación y la fragmentariedad del recuerdo.http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/resenas/vida-sonada-infancia_0_1635436468.html

viernes, 24 de junio de 2016

Recién en Confesionario Radio



Tertulia literaria en Confesionario Radio
Cynthia Edul---La sucesion
Luis Mey----
Irene Chikiar Bauer---Virginia Woolf :La vida escrita
Cecilia Szperling: Anfitriona
CONFESIONARIO RADIO es mi programa de Radio- Jueves de 22 a 24 hs x radio uba- Rojas.

miércoles, 15 de junio de 2016

Cecilia Szperling (yo) en algunos momentos

Confesionario
Cecilia Szperling
Rosario Bléfari
Mariana Obersztern
Sala Abuelas- CCRRRojas


Cecilia Sz
Mate
2016
Cecilia Szperling
foto: Daniel Mordzinski

Confesionario Radio
Luciano Lamberti
Cecilia Szperling
Radio Uba
2016

Te jueves Radio! 16/6/16 Anna-Lisa Marjak, Marina Mariasch, Florencia Minici, Susy Shock y Lucía de Leone

CONFESIONARIO RADIO
Juves 16 junio
22hs
x Radio Uba 87.9fm
INVITADOS
Anna.Lisa Marjak
Florencia Minici
Marina Mariasch
Susy Shock
Lucía de Leone

http://www.radio.uba.ar/


 http://www.radio.uba.ar/



http://www.radio.uba.ar/

jueves, 9 de junio de 2016

Ta noche radio! hoy jueves 9 jun. Bruno Schulz y Mariana Sández, Claudia Aboaf y Gaby Larralde en Confesionario


22hs Confesionario Radio Radio Uba,https://www.facebook.com/radiouba/?fref=photo

Te vamos a extrañar mucho Torcuato!

el martes 7 de junio murió Torcuato Di Tella. Genial Padre, Abuelo y suegro. Y como alguien dijo: un símbolo de la historia argentina desde la fabulosa Siam Di Tella de automoviles y heladeras, al Instituto Di Tella que puso al arte argentino en su expresión más libre y sin fronteras, El Instituto Di Tella, El CBC de sociología, su obra escrita, su participación en la política.
Lo vamos a extrañar muchísimo. 

La máquina de proyectar sueños en ELLE


Cecila Szperling con Gaby Borrelli

La máquina de proyectar sueños por Violeta Gorodischer

http://www.lanacion.com.ar/1906306-que-se-pone-en-juego-en-una-autobiografia

http://www.lanacion.com.ar/1906306-que-se-pone-en-juego-en-una-autobiografia

martes, 24 de mayo de 2016

El yo a la distancia

http://laagenda.buenosaires.gob.ar/post/144856553740/el-yo-en-la-distancia



EN TODO ESTÁS VOS
Buenos Aires Ciudad


FICCIÓN

El yo en la distancia

Definida como “fábula autobiográfica”, la novela de Cecilia Szperling rescata vivencias lejanas a través de un manto onírico.

24 de mayo de 2016
por MARINA YUSZCZUK
LA MÁQUINA DE PROYECTAR SUEÑOS
Por Cecilia Szperling.
Interzona. 176 páginas. $245.
Hartos de nosotros mismos: si no lo estamos, dentro de poco lo estaremos. Porque las últimas dos décadas fueron del yo, en la tele, el arte, la literatura, la publicidad y la política. Cada uno como el protagonista de su propia novela, tenga o no tenga algo para contar. Al mismo tiempo, ¿qué otra cosa tiene para decir un escritor más que su propia vida? O por lo menos, qué otra cosa que sea genuina, en la que se lea algún destello de ese diamante que es la experiencia. La contradicción está, y los más afortunados lograrán hacerla productiva.
Cuando Cecilia Szperling empezó a escribir La máquina de proyectar sueños, su novela autobiográfica La máquina de proyectar sueñosque acaba de publicar Interzona, ya tenía dos libros publicados, y estaba tan metida en la literatura de la subjetividad que debió buscar algún recurso para salir de la fe ciega, o ingenua, en el valor de decir “yo”. A cargo de Confesionario. Historia de mi vida privada (un ciclo de entrevistas con escritores que empezó en 1998 y tuvo ediciones en bibliotecas, luego en el Centro Cultural Rojas y actualmente en Radio UBA, los jueves de 22 a 24), que ya tiene casi veinte años, al principio tuvo que convencer a varios escritores consagrados de que participaran, porque miraban con desconfianza la lectura pública y el hecho de desnudar lo personal frente a otros, sin mediación de la escritura. Al ciclo, incluso, se lo tildaba de egocéntrico (lo es, claro, solo que literal y no moralmente). Cecilia cuenta que muy pronto se armó una ola de literatura y teatro autobiográficos, y acompañando esa ola,Confesionario se puso más intenso.
¿Fue mejor o peor estar tan cerca de esa especie de vidriera del yo cuando le tocó el turno de escribir una biografía? Al menos, el contacto con esas escrituras cambió algo. Después de queConfesionario llegara a su esplendor, con textos de María Moreno, Pedro Mairal, Daniel Link, Alan Pauls, Gabriela Cabezón Cámara, Martín Kohan, Romina Paula y Marina Mariasch, entre otros (textos que prácticamente le leyeron al oído), Cecilia sintió que tenía que entrar de otro modo en la autobiografía. “Quizás –dice– confesando que en las noches tengo miedo y me siento una niña de diez años que camina sola en camisón por un jardín en sombras, lleno de plantas, flores y frutos que nadie cuida”.
Por eso, La máquina de proyectar sueños no es una biografía sin más, sino una “Fábula autobiográfica”, como anuncia la portada, casi en un oxímoron; es una historia que abarca los primeros años –de los 7 a los 15– en la vida de una nena que es ella misma, pero contados como si los viera en sueños, irreales, o con esos movimientos detenidos que tenemos bajo el agua. Todo empieza como un cuento, el de una nena que comparte la habitación con las hermanas, pero a diferencia de ellas, no puede dormir. No puede hacer eso que los niños pueden y tan bien les sale: abandonar las preocupaciones, apagar la mente. Por eso, fabula, y en el aburrimiento de la casa silenciosa (que ella percibe casi como el castillo abandonado de un cuento) empieza a generar también una mirada.
Lo que viene después es la formación, casi una educación sentimental de la que Szperling destaca varios hitos, como el día en que la mamá recitó para ella, porque estaba enferma, uno de esos poemas de Juana de Ibarbourou que solía recitar a las visitas, de vez en cuando, y como un lujo. “¿Qué es esto? ¡Prodigio! Mis manos florecen. / Rosas, rosas, rosas a mis dedos crecen. / Mi amante besóme las manos y en ellas, / ¡oh gracia! brotaron rosas como estrellas”. Pero lo que la hija extrae de esa puesta tiene que ver con la poesía como con ser mujer, o al menos, con una asociación demasiado natural entre mujeres y sentimientos. Después de recitar, a veces la madre dejaba caer una lágrima perfecta por la mejilla, y un día la nena, mientras llevaba en la cabeza una corona de flores blancas hecha por la mamá, durante una vacaciones en las sierras de Córdoba, logró que le salga una lágrima parecida.
Después fueron el sexo y otras cosas prohibidas con una compañera de secundario a la que echaron por contarle Belle de jour en el almuerzo. Y la posibilidad del amor como catástrofe con la lectura de Ana Karenina, antes y después de las clases de danza. Un mundo rosa, en cierta forma, pero mirado con desconfianza, porque el papá le había enseñado que todo era ficción (aunque a los quince años de la hija, tras una larga enfermedad, ejecutara el acto demasiado real de morirse). El límite de ese modo de mirar, y de la voz de nena que lo acompaña en esa especie de “autobiografía de las fantasías”, que es el libro según lo define Szperling, es la muerte del padre, que rompe esa ensoñación.
La nena de ojos gigantes, como la que ilustra la tapa del libro, llega hasta ese punto. En realidad, la ilustración de Flavia Da Rin muestra a dos chicas: una rubia y una morocha secretean, mientras la que parece ser más grande le indica a la otra que haga silencio. A mitad de camino entre nenas y muñecas, ellas son las protagonistas del libro, convertidas en esas criaturas fantásticas que produce Flavia Da Rin tomando como materia prima la captura de lo real. A partir del registro más indiscutible, ese que podrá ser subjetivo pero que para Barthes trae un testimonio, como mínimo, de lo que ha sido, la artista construyó su obra sobre una serie de imágenes intervenidas digitalmente que dan como resultado un orden nuevo, un fantástico tecnológico y levemente inhumano.
Da Rin y Szperling empezaron trabajando juntas cuando el libro no era más que una idea. Cecilia escribió esos primeros textos donde narra las noches extrañadas del insomnio mientras las hermanas duermen, y entre las dos tuvieron la idea de hacer un libro de textos e imagen, siempre con el procedimiento que lleva la marca de Da Rin, de sacarse una foto y deformarla poéticamente. Eso, según Cecilia, dialogaba muy bien con su propia manera de buscar un yo poético: “Soy yo, pero estoy hablando desde una subjetivad fantástica, fabulosa. Estoy eligiendo los momentos de day dream, de ensueño, donde todo es un poco más fabuloso pero no deja de ser real. Y se lo vive más real que la realidad pura”.
En un principio, Flavia produjo cuatro fotos, pero no fue fácil encontrar un espacio para publicar la propuesta. Y las fotos quedaron ahí; a veces se proyectaban durante una lectura en público de eso que todavía no era La máquina de proyectar sueños, junto a otras partes de la obra de Da Rin, con ese énfasis en las niñas y en los ojos y la mirada perpleja que, para Cecilia, sincronizaba con su consigna del mundo interior que sale a la superficie. En el lugar que habitan las muñecas, que alguna vez fueron seres reales, se ubica La máquina de proyectar sueños. Es una vuelta de tuerca sobre las escrituras del yo, hiperbólica y teatral, desnaturalizada. Allí, la formación casi reglamentaria, que se impone a las nenas con sus libertades vigiladas, y la esperanza de ser un poco especial y princesa, vuelven sobre todo como pregunta.


Marina Yuszczuk es escritora y doctora en Letras. Escribe en Página/12. En Twitter es @myuszczuk


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domingo, 22 de mayo de 2016

La máquina de proyectar sueños en La Nación

http://www.lanacion.com.ar/1900487-fabula-de-la-iniciacion

Fábula de la iniciación

Sobre La máquina de proyectar sueños, de Cecilia Szperling
SIGUIENDO
LA NACION
DOMINGO 22 DE MAYO DE 2016
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La historia de una niña, que ella misma cuenta a medida que transcurren su infancia y su adolescencia, deja entrever lo que escapa a los límites de la novela de iniciación. La máquina de proyectar sueños. Fábula autobiográfica es y no es un Bildungsroman ambientado en el barrio de Belgrano. Las razones que la definirían como tal las brinda el argumento: una chica que vive con sus padres y sus dos hermanas en una casona porteña rodeada por un jardín salvaje empieza, de a poco, a descubrir "el borde del fin de la representación". Allí la novela de aprendizaje hace un pliegue. A los trece años, Poe mediante, todo cambia para ella: "Si antes era la niña frágil, de golpe me veo como la niña reptil, acorazada con escamas". La coraza será útil más adelante. Por otro lado, ¿iniciación a qué? A los condicionamientos sociales, a las diferencias de clase, a la multiplicación de deseos, a la risa del lenguaje con ella como una Scherezade en miniatura que pretende ahuyentar los sueños. Pero también La máquina., como insinúa la protagonista, es una construcción narrativa, un artefacto de ficción escrito bajo la urgencia de un exorcismo: "Arrastrada, succionada por el muerto, quedé muerta, después resucito y ahí. ¡zombi!, como quedan todos los que tienen alguien que aman muerto". Contar la historia del hechizo quizá pueda salvarla.
Entre líneas, Szperling crea un relato espectral en un entorno familiar y social de decadencia física, sentimental y política. Por celos, la madre le puede parecer a la protagonista una criatura falsa (aunque también, con el delantal médico puesto, una mujer fascinante); como castigo, el espíritu de una niña deambula y la acosa mientras ella, burguesa insolada, se recupera a oscuras. Incluso el amado padre, mientras duerme, es "un fantasma empetrolado que se agenció el cuerpo de Padre pero sin cara y creo que sin manos también". Locuaz, la narradora confiesa que le gustan las fotos y los dibujos "que muestran realidad y sueños en un mismo plano". Ese plano es el de la novela.
A medias antiedípica, la fábula necesita una protagonista parcial, con contornos que se completan gracias al elenco de amigos y novios: "¡Somos como espejos que nos refractamos!". Respecto del grupo familiar es más bien una proustiana redomada: "Quiero vivir en el Departamento que no sufre. Que no es como Nuestra Gran Casa con toda su teatralidad de conflictos Chejov y Tres hermanas". Vivaz, estimulante y revirada, la escritura de Szperling ejercita poderes de médium no para resucitar un pasado muerto y enterrado sino para proyectar de nuevo vida a la vida de una narradora atribulada, para quien la realidad se asemeja a una coreografía repetida, a un simulacro o a un limbo donde los autómatas sueñan.