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sábado, 27 de noviembre de 2010

Entre karatecas y boy scouts-

Juan Ravioli cantó un tango

abrazo Ravioli-Hadida en la jam session en la que se convirtió ayer el programa. Juan cantó Días felices acompañado por Lapsus (obvimente improvisado, como yo adoro)
nuestro fabuloso co-equiper  Luis Terán (arriba) y la fotógrafa fotografiada--flavia da rin ( Roberta en panza!)

karateca paloma fabrykant (la lucha no es violencia)

genius musical  Pablo Hadida líder de Oruqesta Lapsus

Manuel Cariolis y Lucy Patané (los más tatuados de la noche)
Anoche en Confesionario Radio

jueves, 25 de noviembre de 2010

Costumbres no argentinas

Nuestras adorables expat en Buenos Aires (grupo pioneras...ahora hay miles!) nos invitaron por tercera vez a un Clothing Swap. Una encantadora reunión a la que debemos llevar bellas prendas a las que ya no amamos como antes y así cada una, copa de vino en mano, se desviste y viste redescubriendo tesoros del vestir (mejor si vemos el rostro de su antigua dueña y nos las llevamos como un recuerdo). Las fotos me salieron XXX gracias a que la voluptuosidad y cantidad cuerpos femeninos reunidos en ese cuarto obligaba al amontonamiento y  a que una vez  desatada la vorágine por probarse todo y-- que no nos ganen de mano!-- la ropa de llegada vuela por los aires!
Pediré autorización a las chics para publicarlas...pero como advirtió alguien: "Nada de FB ni blogs que puedan llegar a encontrar mis futuros amantes".


Los últimos ritos



 Por Marta Dillon
Mi madre fue asesinada el 3 de febrero de 1977, a las 2.05 de la madrugada, en la esquina de Santamarina y Chubut, Ciudadela. Su partida de defunción dice: “Múltiples heridas de bala. NN femenino, delgada, 1,65, cabello rubio teñido”. Nada de sus ojos celestes. Tal vez haya apretado los párpados el instante antes de que la fusilaran. A lo mejor estaba oscuro en la morgue o se habían acumulado demasiados cuerpos o les pareció en vano anotar un dato tan estúpido cuando la poseedora de los ojos celestes estaba muerta y a esas pupilas de agua sobre las que caían sus pestañas como una marea sólo les esperaba la corrupción.
Mi madre es ahora, concretamente, un cráneo con pocos dientes, un maxilar asignado morfológicamente, tibias y fémures, radios y cúbitos, clavículas. Seguro me equivoco en la enumeración de los huesos, lo cierto es que su torso continúa desaparecido.
Ella, no.
Ahora puedo trazar un recorrido de sus años de silencio. Sus años bajo tierra. Su asfixia en el anonimato.
¿Dónde estaba yo la noche en que la mataron?, me preguntó una amiga. No puedo saberlo, tenía 10 años y la estaba esperando. Como he esperado hasta ahora aun a sabiendas de que no iba a volver.
Algo de ella ha retornado con los restos de su cuerpo, con los rastros de su último día.
Mi hermano preguntó si la habían fusilado de frente o de espaldas.
Hay cosas que nunca podremos saber.
Tiene un disparo en la pierna. Hasta el ’85 su cráneo estaba rosado. Había restos de carne, restos de aquello que yo había besado. Restos que volvieron a la tierra sin una caricia sin un consuelo para la larga muerte del anonimato. Fue exhumada, fotografiada, catalogada y vuelta a enterrar. Se terminó de descomponer en una bolsa, su cuerpo se entreveró con otros que también fueron acribillados la misma noche, que fueron recogidos de una esquina en Ciudadela después de que los represores terminaran su tarea y empezara la suya la burocracia del Estado. Por eso mi madre tiene su partida de defunción firmada y sellada mientras la esperábamos o esperábamos alguna noticia suya.
En esa época solía preguntarle a mi padre cuándo íbamos a poder verla. Me imaginaba que estaría presa, al fin y al cabo eran policías los que habían entrado y destrozado la casa en la que vivíamos ella, mis hermanos y yo; su amiga, Gladis Porcel, su novio, Juan Carlos Arroyo. Los tres desaparecidos que el Equipo Argentino de Antropología Forense nos devolvió, 34 años después, para que finalmente podamos despedirnos. Porque hasta ahora no terminábamos de hacerlo. Y ahora mismo, cuando sé que lo que queda de ella descansa en una caja junto a tantos esqueletos todavía sin nombre, a la espera de una inscripción oficial y de los ritos que inventemos para ella; ahora mismo no puedo terminar de despedirme. Aunque el tiempo se haya comprimido de golpe y yo me sienta igual que la niña de 10 años que escuchó su voz por última vez mientras un represor la interrogaba y hasta le prometiera “por mí te daría una rosa, pero vos no me estás ayudando”. Ella no estaba ayudando y eso me basta para saber de un gesto de dignidad que probablemente estrujaran hasta el hartazgo en una mesa de tortura. No quiero pensar de qué se trataba esa rosa pero nunca pude dejar de indagar sobre el ensañamiento de los represores contra las mujeres cautivas.
“Toda mi vida se me viene encima”, dijo su amiga Laly cuando supo de la identificación de los huesos de mi madre, en España, donde también estaba yo, aunque la suerte quiso que ese día no podamos abrazarnos. Mi vida también se me vino encima. Y esa última noche sobre la que algunas incógnitas empezaron a disiparse como niebla al mediodía se convierte en nuevas preguntas: ¿Quiénes escucharon los disparos? ¿Quién avisó para que retiraran los cadáveres? ¿Llevaba puesta una de las polleras que ella misma pintaba? ¿Alguien le dio la mano antes de que la ráfaga los desarticulara como a muñecos de estopa? ¿Quién vio sus ojos azules? ¿Quién supo que ya no habría caída de sus pestañas para conquistar en ese gesto todo lo que necesitaba? ¿Tenía los zapatos puestos? ¿Dónde quedaron las plataformas de las que nunca se bajaba?
Hay algo de lo real que empieza a tomar cuerpo. Mi madre fue asesinada en la madrugada del 3 de febrero de 1977. Yo tenía diez años. Mi hermano Juan apenas dos. Santiago, ocho. Andrés, cinco. Los cuatro te extrañamos, mamá, y hasta ahora hemos hecho lo que pudimos con tu ausencia y tu presencia intermitente.
Hay una página de un libro que ella me regaló poco antes del final, está escrita con su letra y dice: “Para Martita, mi compañera, que está aprendiendo a sentir como propias las alegrías y las luchas del pueblo latinoamericano”. Pomposa dedicatoria para una niña que con 44 quiere seguir siendo Martita y aprender eso en lo que estaba cuando vos estabas conmigo. Ahora acabo de casarme, por primera vez, enamorada y con una familia imposible pero bien constituida: mi amor, Albertina, mis dos hijos con veintiún años de distancia entre ellos, una nieta, tres perros, dos gatas, una cantidad de amigos y amigas sobre los que sé que puedo derrumbarme y levantarme con los ojos cerrados. A nadie le importan estos detalles, salvo a mí porque son la prueba de que he sobrevivido. Más que eso, he vivido todos estos años y buscándote es como fraguó mi familia. O buscando justicia para vos. O buscando un lenguaje en el que poder nombrarte.
Alguien me contó una vez que en el campo de concentración donde pasaste tres largos meses, las mujeres se cambiaban de ropa entre ellas para sentir que se vestían por la mañana. O por esa hora difusa que el encierro convertía en mañana. Esa anécdota te nombra, mamá.
Lloré como una nena sobre ningún hombro o sobre el de todos mientras los amigos del EAAF me relataban lo que sabían de vos. Amorosamente te rescataron de una fosa común en el cementerio de San Martín. Amorosamente me dijeron “hay un coxal que todavía podría ser de tu mami”, con el mismo amor con que mi amiga Raquel me dijo que quería ser mi velority planner. Un resto de humor negro para salvarnos a todos y a todas de este naufragio en tierra que significa haberte encontrado, mamá.
Más calma, Raquel me llamó más tarde para decirme, ella que había sido baleada en el pecho en un enfrentamiento entre policías y ladrones en el que nada tenía que ver, que las balas no duelen. La muerte propia, me imagino, no duele. Lo que duele es la vida que sigue como si nada, diez, veinte, treinta años. Y duele sobre todo porque también ha encontrado sus bálsamos.
Todas palabras desordenadas y debidas para el entierro que todavía no sucede, ahora que se cumplen 34 años de tu desaparición y apenas un mes desde que volviste de la asfixia bajo la tierra, del anonimato, del consuelo de un rito que arranque de una vez por todas a la niña que sigue aferrada a la ventana esperando que el toc toc de tus plataformas en la vereda te traiga de vuelta.
De todo esto y de todo lo que todavía no puedo nombrar se trata haberte encontrado. De un punto final para un texto que voy a seguir escribiendo, para un duelo del que tal vez empiece de una vez a desprenderme.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Llevame a la Ciudad Paralela- recomendadísimo

El sábado 4 a la noche charlamos Andrés Di Tella y yo sobre Terraza la obra del genio del teatro Stefan Kaegi. Veremos que onda. Y no se pierdan el pasaporte completo a 12 horas nonstop de perfomance a lo largo de la ciudad. Solo en sueños! clickear aquí para ver la programación

domingo, 21 de noviembre de 2010

Madmen-Sally Draper va al psicoanalista.


She's been absent for a couple of episodes, but shows up with a great flourish in season 4 episode 9, which aired Sunday, September 19. The only direct reference to her treatment is the wry explanation for her impulsive running away by train to see her father -- the psychiatrist said she needed to take more responsibility for herself.
2010-09-21-26.1T086.LINDA300x300.jpgSally has run to her father because she hates living with her mother, who has convinced us viewers as well of her coldness, lack of empathy, ragefulness and rigidity. Don's a nut but he's got more warmth and flexibility. We could get distracted by the obvious oedipal theme -- she so wants to be her Dad's girl, and is vigilant about her perceived rivals -- but that's not where the money is for this girl. If wanting to replace her mother in her father's affections is all she had going on, she'd be one lucky girl. Sadly, she's instead trying to grow up in an emotionally bewildering and often hostile and neglectful environment.
So Sally makes this bold move, which is obviously going to be seen as crazy and defiant by the adults around her, but we can easily see she's so much better -- her psychoanalytic treatment is obviously working, in just the way it actually does in real life. Gone is the childish lisp and the quality of weirdness and withdrawal. She speaks her mind, fights for herself, and seems sharper and smarter. From an objective, behavioral point of view one could mistakenly think she's worse -- more out of control (as her mother sees her). But she's more inside herself, and her mind and heart are working together more crisply and effectively than ever before.
I am an adult psychoanalyst, and have never treated children. I never wanted to precisely because of what I imagine is going to happen next to Sally. Betty Draper, enraged and humiliated by her daughter's behavior and indifferent or oblivious to the evident enhancement of Sally's core self, will blame the treatment or the analyst and claim it is just making Sally worse. Sometimes people recovering from depression, or consolidating an authentic identity are quite difficult for those around them. Sometimes the family system needs to keep the member known as the "identified patient" sick, so that others don't have to face their own problems. Betty might pull Sally out of treatment at this point. It would be like stomping on a new tender green shoot. I could never stand that, because I always fall in love with these kids fighting for their psychological lives.
The uncanny psychological preciseness of the show's creators continues to astound me, and it's nothing short of a miracle that they can capture the progress of an analytic treatment so well. For a psychoanalyst who works very hard to explain our arcane field and its extraordinary value to non-analysts I can only continue to marvel and say thanks.