sábado, 12 de marzo de 2011

Huracán x Sarlo

Opinión

El cambio de una militancia a otra

Beatriz Sarlo
Para LA NACION

Sábado 12 de marzo de 2011 | Publicado en edición impresa
Hace tiempo que no escuchaba vibrar las paredes de un túnel de subterráneo con cientos de personas cantando la marcha peronista: los golpes rítmicos contra la chapas de la escalera mecánica, los pies acompasados, las voces roncas pero persistentes. Hace tiempo que no viajaba en un vagón donde la felicidad de la fiesta que acababa de terminar en Huracán se prolongaba con los mismos cantitos: "No la toquen a Cristina; los vamos a reventar", era el preferido, pero todo con buena onda, como pidió, textualmente, la Presidenta en el final de su discurso. La buena onda de la gente se fortalecía en el sentimiento ganador.
El talento para la puesta en escena es un rasgo peronista, tanto en los duelos como en los festejos. Un gran estudioso de las culturas populares, el antropólogo Eduardo Archetti, nunca pudo olvidar el acto de Menem en River durante la campaña que lo llevó por primera vez a la presidencia. Evocaba el ambiente de recital y, sobre todo, la llegada de Menem, como una estrella pop, vestido de blanco, destellando bajo la luz de los seguidores. Archetti, que no era peronista, se entusiasmaba con estos fastos de la política criolla y no porque le faltaran posibilidades de comparar: vivía en Europa, pero conocía bien Africa y el resto de América.
El acto que tuvo lugar ayer en la cancha de Huracán no es uno más en la serie que el peronismo inauguró en los años 40. A diferencia de aquellos actos de la historia, el de ayer no tuvo como protagonista a la "columna vertebral" formada por los sindicatos, sino a la nueva columna vertebral: la de las organizaciones sociales y juveniles. El cambio de una a otra militancia indica un cambio de época: del trabajador integrado al activista social que comenzó su camino en el barrio, con los subsidios y los planes. También la juventud es distinta. Cada vez que se dirige a ella, la Presidenta celebra que los jóvenes de hoy no hayan tenido que pasar por las pruebas por las que pasaron los de su generación. Aquéllos tuvieron que rebelarse y dar la vida. Estos sólo tienen que profundizar el proyecto. Ustedes la tienen un poco más fácil, podría escucharse como subtexto.
Un lugar vacío
El 11 de marzo ha venido a ocupar un lugar vacío, ya que el 17 de octubre no estuvo en estos años entre los fastos de la nación peronista, probablemente porque, a lo largo de la historia, la fecha fue reivindicada por todos en el movimiento y es difícil reciclarla ya que, para hacerlo, también hay que reciclar a Perón. Por lo tanto, el 11 de marzo es la fecha indicada.
Unicamente el peronismo tiene la capacidad de convertir estas conmemoraciones en un puro presente. Los radicales, en cuanto mencionan el año 83, no sólo son acusados de nostálgicos, sino que ellos mismos llegan a repetir esa acusación. Los peronistas, en cambio, que son ideológicamente innovadores (fueron neoliberales rabiosos en los 90 y ayer Cristina recordó con orgullo la Cumbre de las Américas de 2005), no tienen problemas en recoger los restos de una historia y reciclarlos. El 11 de marzo no es una fecha inadecuada: ese día de 1973 el peronismo, por primera vez en 18 años, ganó unas elecciones nacionales. Desde entonces estuvieron más años en el gobierno que los que pasaron proscriptos.
Decir que el discurso de Cristina Kirchner no estuvo entre sus intervenciones más complejas es aceptar lo evidente. No fue una intervención doctrinaria porque no podía serlo. Cumplió con los deberes retóricos y sentimentales. Fue corto y sencillo. Se trataba de un estadio, de una fiesta, teñida (como las buenas fiestas familiares) por momentos de tristeza. Es muy difícil, en tales circunstancias, evitar los lugares comunes. La gente precisamente va a reforzar esos anclajes de identidad y va no a que le cuenten algo nuevo sino a que le recuerden la historia ya sabida. El discurso de Cristina Kirchner fue un puro gesto de comunicación, un mensaje que transmitía un solo hecho: estoy aquí, frente a ustedes, soy yo la que recibo de ustedes mi fuerza. Este mensaje es lo que dice que es. Sólo un acento: reciban a todos los que se nos acerquen, "no se dejen enroscar ni se enrosquen en discusiones bizantinas", construyamos desde la diversidad: el frente electoral en marcha ha abierto una nueva etapa "diversa".
El objetivo
En realidad, cuando Cristina habló, el acto ya había cumplido su objetivo. Se trataba de una ceremonia para la Presidenta. Hecha para ella, le garantizaba que esa militancia de La Cámpora, del Movimiento Evita, del Frente Transversal eran sus fieles compañeros. Una especie de "cabildo abierto" con clima de concierto cumbre, del que el peronismo histórico ya tuvo antecedentes.
Sobre el escenario estaban todo el gobierno nacional y algunos gobernadores. Nadie pedía papeles: Gioja al lado de Timerman y de Capitanich. Por ahora, la única que puede pedir papeles es Cristina, lo que equivale al reconocimiento de su conducción y a que las corrientes organizadoras están convencidas de que la Presidenta los ha elegido.
Los teloneros de Cristina fueron los representantes de estas corrientes. Allí, si el clima de cancha y festival lo hubiera permitido, podrían haberse detectado matices. Edgardo Depetri terminó con un triple grito: "¡Mucha unidad!", que puede tomarse como una advertencia. Andrés Larroque, de La Cámpora, presentó un tema que los kirchneristas han hecho suyo: "Estos miles de jóvenes son los soldados de la batalla cultural". Fernando "Chino" Navarro ofreció un discurso clásico, pero cautamente no personalista: "Para resolver las asignaturas pendientes necesitamos mucho Estado y mucha militancia".
Cuando Cristina Kirchner subió al escenario retumbó todo Parque Patricios y se encendieron en el atardecer las luces del estadio.
Delante de ella estaban el espacio reservado al periodismo y, en el medio, un centenar de militantes de la Juventud Sindical; fueron ellos quienes vieron más de cerca a la Presidenta. El peronismo nos ha acostumbrado a todas las sorpresas, incluso a las agradables. Antes, en los años 70, la Juventud Sindical, cuando no se tiroteaba, se agarraba a golpes con la militancia que hoy se celebra.

Viñas por Sarlo


Un adiós al novelista, ensayista y dramaturgo David Viñas, que falleció anteayer

Ese polemista incansable

Beatriz Sarlo
Para LA NACION

Sábado 12 de marzo de 2011 | Publicado en edición impresa
Es difícil borrar los recuerdos personales de esta despedida a David Viñas. Cuando regresó del exilio en 1983, aterrizó en Ezeiza sin un peso. Vivió unas semanas en la oficina de la revista Punto de Vista . A pulso, por escalera, subió ocho pisos la cama que alguien le había prestado, mientras gritaba: "¡Hermanita, allá vamos, como Cristo!". Tenía entonces más de cincuenta años (había nacido en 1927) y llegaba como un joven, sin nada, todo por delante.
Aunque, en realidad, detrás de sí había muchos libros, y uno fundamental para pensar la cultura en este país: Literatura argentina y realidad política , de 1964. Ese libro comienza en la revistaContorno , que fundó con su hermano Ismael en noviembre de 1953. La edición facsimilar, publicada por la Biblioteca Nacional en 2007, permite ver que esa revista fue un banco de pruebas del pensamiento político, de la crítica literaria y de la historia cultural de la generación de Viñas: en la primera página del primer número hay un artículo de Juan José Sebreli; escribieron enContorno Noé Jitrik, León Rozitchner, Tulio Halperin Donghi, Ramón Alcalde, Carlos Correas y siempre, con su nombre o con diversos seudónimos, los dos hermanos Viñas. Contorno quiso ser una respuesta a Sur y lo fue para los que vinimos después, no porque atacara a Sur, sino porque leía otra literatura argentina, de otro modo.
El número 4 de Contorno , de diciembre de 1954, está dedicado a Martínez Estrada. David Viñas lo llama un "heterodoxo argentino". Definiendo a Martínez Estrada, Viñas se definía a sí mismo anticipadamente. Siempre fue un escritor nacional; siempre fue un heterodoxo. Hoy ya es posible decir que Viñas y Martínez Estrada son los dos grandes ensayistas ideólogos del siglo XX.
Literatura argentina y realidad política fue el libro de quienes comenzábamos a leer en los años 60. Inauguró temas: nadie que lo haya leído olvidará "La mirada a Europa: del viaje colonial al viaje estético" ni el ensayo sobre intelectuales y escritores profesionales en 1900. "Los dos ojos del romanticismo" sigue siendo uno de los grandes textos de la crítica y mucho más: una hipótesis sobre literatura e historia, ese par conceptual que nunca dejó de obsesionar a Viñas; una hipótesis sobre la mirada intelectual y la mirada estética, esas perspectivas que también lo obsesionaron siempre. Literatura argentina y realidad política fue una revelación. Durante décadas, esa revelación se repitió en las clases de Viñas, en Rosario, en Buenos Aires, en Dinamarca, en Estados Unidos. Un estudiante de medicina que lo había escuchado en Los Angeles me contó el efecto convulsionante de una conferencia suya: se entraba de un modo y se salía cambiado: abandonó la medicina para dedicarse a la literatura. No tengo dudas de ese poder iniciático y transformador porque muchos comprobamos su potencia. Traerlo a Viñas a la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA en los años 60 fue un programa de máxima que no se alcanzó nunca. Llegó a esa facultad con la democracia, en 1984.
Pero antes se podía escuchar a Viñas en los bares o en las reuniones de grupos políticos. Fugazmente, militamos en el mismo partido, para el que Viñas dirigió una revista cuyo título, por cierto, había sido idea suya: La Comuna . Viñas discutía como si invariablemente el desenlace fuera definitivo y en él se jugara todo. Tenía una visión totalizante de lo que una discusión ponía en juego. Violento y arrollador, era, al mismo tiempo, democrático: discutía con quien tenía adelante, escuchaba a quien se sentara a su mesa, no establecía jerarquías de interlocutores. Flamígero y horizontal, valga el oxímoron.
Fue durante toda su vida un hombre de izquierda. Su origen familiar era radical (léase esa sólida novela Los dueños de la tierra , donde hay pistas familiares) y ese origen le trasmitió saberes nacionales, lo hizo baquiano de las tradiciones, las herencias y los linajes desde el siglo XIX. Odiaba como si los personajes del pasado continuaran su vida en el presente. Nunca dejó de criticar a Lugones, como si fuera un contemporáneo. Su gran libro Indios, ejércitos y fronteras(1982) fue al mismo tiempo una quebrada alegoría de los crímenes estatales del siglo XX y una denuncia de los del siglo XIX. Era partidario, siempre. Pero Tulio Halperin Donghi lo citaba con respeto. Hizo del partidismo el impulso vital de sus investigaciones: no fue el obstáculo que temen los débiles, sino la fuerza que permite ver más a los inteligentes.
Nunca pudo leer a Borges. En 1981 nos dijo a Carlos Altamirano y a mí en un reportaje que fue el primero que se publicó en la Argentina posterior al golpe: "A mí, Borges no me interesaba". Un insulto al sentido común literario, que Viñas pronunció impertérrito. Borges no le interesaba y tampoco le interesaba una parte importante (fundamental) de la literatura argentina del siglo XX. En cambio, entendió a Roberto Arlt y a Sarmiento. Este es uno de los enigmas que Viñas deja abiertos. Habrá que responderlo, porque no es justo ni perspicaz decir superficialmente: allí estaban sus límites. Más bien habría que admitir que Viñas tenía una mirada penetrante y estrábica. No hay que coincidir con Viñas para reconocer que ese "Borges no me interesaba" encierra una cuestión que tiene pliegues más atractivos que la adhesión ciega a un parnaso literario. En las palabras de Viñas no hay simplemente ceguera sino una discusión estética profunda. No es necesario coincidir para entenderlas.
Su literatura era sencillamente no borgeana. La gran novela (cada uno marcará la que considera su gran novela) fue Cuerpo a cuerpo , publicada en México en 1979. Allí colocó a un general del ejército, una guerrillera, un periodista. Pero es mucho más que un relato sobre un militar y la violencia. Viñas escribió esa novela experimental casi a los cincuenta años, como si se tratara de un proyecto de juventud enloquecida. Basta hojearla para descubrir un texto extremo, fuera del mercado, fuera del horizonte de los lectores: pura literatura, cuando la literatura es pura precisamente por no serlo, por tragarse todo: ideología, política, sexualidad, perversión, violencia. Pura literatura que busca contaminarse con todo. Fue hombre de teatro, guionista de cine. Se ganó la vida con la escritura, aunque no hablaba de profesionalismo jamás.
Las novelas de Viñas tienen el sentido de lo material. Maestro del detalle, capta los ademanes y los tics, persigue los cuerpos en sus convulsiones y recovecos. No es un escritor típicamente realista porque siempre desborda, siempre escribe más de la medida. Careció, en verdad, de medida. Con los años, sus novelas se hicieron más desmesuradas; se sujetaron menos a cualquier regulación; amplificaron los parlamentos de sus personajes o redujeron los diálogos a tres o cuatro palabras. Viñas era un realista que abandonó las técnicas del realismo. En sus comienzos, había leído a Dos Passos, a Hemingway, a Sartre y a Faulkner. Después vino un desmadre, un exceso, algo que fue su marca de escritura; pero conservó siempre, inalterable, el deseo de verdad histórica, esa tensión que no es representativa ni meramente estética sino ideológica.
Su muerte abre el capítulo "Viñas de la cultura argentina". Ignoro cuántos años pasarán antes de que ese capítulo se escriba. Como con Martínez Estrada o con Murena, puede haber momentos de oscuridad y grandes relecturas. Quienes lo conocimos, sabemos que la síntesis, tratándose de David Viñas, nunca fue sencilla. Producía admiración e inquietud; a veces, miedo; era posible pelearse con él y pensar que esa había sido la última vez. En un mundo de encontronazos mezquinos, las peleas de David Viñas siempre fueron generosas: discutía sólo por ideas. Desaforado, sus reacciones tuvieron siempre la nobleza de quien no calcula las consecuencias. Peleaba sin beneficio de inventario. Nunca administró su fuerza. En eso se pareció a Sartre. Un Sartre arrastrado por flujos de gasto personal infinito. También los une la idea de intelectual comprometido, esa fórmula que ya no se usa, que él mismo había dejado de usar, pero que lo definía bien porque algunos hombres (pocos) siguen pareciéndose a lo que quisieron ser en su juventud.
La última vez ha llegado ahora. Hace poco más de un año, lo encontré en un bar de la calle Corrientes y Rodríguez Peña. Nos habíamos alejado, y ambos nos abrazamos pensando (yo, por lo menos, lo pensé) que posiblemente la mayoría de las cosas presentes seguían separándonos, pero que valía la pena abrazarse porque nunca se sabe. Hoy ya se sabe. Quizás esta misma nota lo habría enojado a Viñas: "Hermanita, ¿en el diario de los Mitre?". Así llamaba invariablemente a este diario. La pregunta forma parte de lo mucho que nos separaba. Sin embargo, soy su alumna, de la manera infiel en que se puede serlo, de la única manera en que David lo habría admitido.
© La Nacion

El Amor- Anoche

Majo Moirón--Flor Monfort-Marina Mariasch
Anoche hablamos de Amor en la radio-
Aquí los cuentos de Flor y Majo- No leí todo el libro, pero estos dos cuentos son apetitosos, estimulantes y reales (sin pose)-
Marina Mariasch a punto de editar El Matrimonio (en Mansalva), tema para otro programa-

viernes, 11 de marzo de 2011

De que hablamos cuando hablamos de amor?-Marina Mariasch esta noche en Confesionario y Amigos Radio-

hoy, con Flor Monfort y Majo Moiron chez Cecilia Sz para hablar de ♥ amor ♥
de 22 a 24 hs x 87,9 fm radiouba
Para escuchar online click aquí
para comunicarte podés llamar al 48138161
al FB cecilia szperling, FB cecilia sz o al twitter cecisz

miércoles, 9 de marzo de 2011