martes, 24 de octubre de 2006

Yo confieso.


Hoy leí en un blog: Más pajero que autogooglearse es leer posts viejos del propio blog.
Yo confieso que me autogoogleo todos los días. Y más de una vez al día. Y me encanta. El autogoogle resuelve desde asuntos profesionales hasta las cuestiones más banales y mundanas. Pasar de leer una reseña de tu libro a encontrarte por ejemplo que alguien cuenta que vio a A. en una función de teatro independiente acompañado por la encantadora C, es un momento desopilante, casi. Porque transforma esa oficina mínima, que es la computadora, en una radio de pueblo, en chismes de sobremesa.
Una amiga fotógrafa, genial por cierto, me contó que se sacó fotos durante dos años, todos los días, a distintas horas. Para verse, para comprobar que su Yo no se había disuelto. Algo así, me sugiere el autogoogle . Puede funcionar como certificado de nuestra existencia , de nuestro breve paso. Pero autogooglearse es más pajero que leer viejos posts del propio blog, porque el autogoogleador no hace nada, no produce texto, es un parásito. Teclea su nombre por tercera vez en dos horas, sumido en la vergüenza por supuesto, para ver que se dice de él y no aporta nada, es un haragán.
Hay algo que da más vergüenza aun: googlear a un conocido . Juro que nunca googleo amigos como nunca los llamo en el medio de la noche aunque sepa sus teléfonos de memoria. Pero una vez googleé a una examiga escritora que hacía años no veía . Mi hijo definió al infierno como “Mucha vergüenza” y hasta la siento ahora, al contar esto. Me sentí como Swann espiando a Odette entre los cortinados en “En busca del tiempo perdido”. El clímax fue ver que mi antigua amiga solo tenía dos hojas y la confirmación de su caída en desgracia(¿escena deseada y temida?) me hizo cerrar el documento rápidamente, por supuesto muy avergonzada nuevamente.
Un escalón más abajo confieso que loca -- otra vez Swann merodeando la habitación de Odette-- a las 4 de la mañana con toda la casa dormida entré en un weblog de alguien que me daba celos. Ella solo escribe sobre su amor imposible . ¿Se trataba de A? La pregunta perforó mi Yo, mi realidad tambaleó, temblé, transpiré. Un segundo más tarde fui consciente que estaba en el colmo del entretenimiento. ¡Estaba actuando! ¡Era una farsante! Autogoogle, googlear a un ex amigo, espionaje en los diarios weblogs, deleite asegurado para Mi, mi Yo y mi otro Yo.

Publicado en Lamujerdemivida número 36.