domingo, 5 de diciembre de 2010

Confesionario Confesado!!!!



Confesiones de un fumador de opio

05/12/10
PorLAURA RAMOS
CLICK PARA LEER LA NOTA EN CLARÍN
 Fue mi confesión a la radio la causa de que todo saliera a la luz. Las confesiones anteriores, cartas amorosas, arrepentimientos, mentiras, falta de nobleza, placeres indecentes, excesos de ingenuidad o de cinismo…. Fue una invención de Cecilia Szperling: Confesionario. Formato de lectura pública, artistas y escritores que leen textos personales en vivo. Se hizo una bola de nieve. Rosario Bléfari, cantautora, ex Suárez, se propuso hacer una revelación que le avergonzara contar en público: había sentido envidia de la plata de su mejor amiga (nos reconocimos touché ). Alan Pauls leyó de su diario íntimo que al volver de una fiesta sintió una desagradable impresión de despilfarro y se propuso no gastar tanto ingenio en salidas sociales; Edgardo Cozarinsky lo pasó muy bien durante su servicio militar; las carcajadas de Marcelo Birmajer al escuchar un chiste son siempre fingidas, porque los chistes, incluso los buenos, no lo hacen reír. Cada lectura parecía superar a la anterior. (La pedófila del artista Guillermo Iuso aventajó a todas, y sugiero que ese acontecimiento, incluidos el pugilismo, la ira y el alcohol, llegó al fondo de los fondos del propósito metafísico, explícito o no, del espíritu de la confesión.) Se impuso como moda un dispositivo Hágalo Usted Mismo shakesperiano: los escritores menores comenzamos a escribir sobre nuestras miserias y abyecciones, hubo catarsis colectivas, sincericidios; una fiebre del oro, sólo que el oro era nuestras propias mezquindades.
Cuando fui invitada a mi tercera Confesión, por radio, hace dos semanas, me rehusé a exhibir más sucesos humillantes de mi vida. Ya había participado en dos “sesiones” anteriores. Esta vez me propuse leer un texto que no mellara mi autoestima. ¿Por qué no hablar de mi libro fetiche? Conté entonces al aire que una noche, buceando en la Web, mientras indagaba sobre el minimal thecno, mi nueva música litúrgica, mi Bill Evans, mi Gilda, mi Bach, me detuve ante la reseña de un libro cuyo título llamó mi atención: Sólo se vive una vez. Un tratado sobre el mundo de la noche, publicado por la Editorial Backstage. Su autor, Armando Enhiesta, era presentado por el comentarista como “clase 67, abogado de profesión, outsider intelectual”.
(Nota: siempre me atrajo la idea del outsider, por principio, pero además el mundo de los legistas despierta mis simpatías desde niña, cuando los abogados amigos de mis padres eludían con procedimientos judiciales no del todo límpidos los frecuentes juicios de desalojo o embargos a los que su vida bohemia nos conducía.)“…Yo trabajaba mucho, muchísimo –contaba Armando Enhiesta en su libro-, en el bufete de Marval, O’Farrell & Mairal, pero también me gustaba salir por la noche. Como representaba legalmente a muchos dueños de boliches, mi presencia era asidua y bienvenida… Soy fan de las epifanías. El instante en que un leve indicio marca un antes y un después en la vida de una persona es digno de todo mi respeto. Y una epifanía fue haber visto a Pan Sonic, un dúo finlandés de electrónica experimental, un domingo del año 2000 en el Morocco. Nunca antes había vivido algo similar en una discoteca. Leyendo a Stockhausen había encontrado que nuestro cuerpo es un sistema eléctrico y que podemos percibir los sonidos con todo el cuerpo, no sólo con el oído. Bueno, esa noche decidí dejar de escuchar a Bob Dylan.” Al terminar de leer esta proclama sentí un arrebato místico. ¡Oh! ¡Había reconocido, por el grano electrónico de su octava grave a un alma gemela con sonido de alta frecuencia! Y es que una noche del año 2004 yo había experimentado la misma epifanía que el doctor Enhiesta. La jouissance de Roland Barthes, la trascendencia, la dicha. Transportada, salí a comprar el libro. Pero la editorial parecía demasiado pequeña para tener una buena distribución comercial. Lo rastreé entonces por librerías independientes, de libros usados, de libros raros. Envié cartas, volví a MySpace y a los sitios de electrónica que conocía. Conseguí una pista sobre el autor del comentario, aunque desalentadora: se había afincado en París. Con más dificultades obtuve un informe del departamento de Recursos Humanos del bufete Marval, O’Farrel & Mairal: “Lo sentimos, no podemos brindar información sobre los datos de nuestros archivos”.
Entonces, cinco días después de que el programa radial de Confesiones hubiera salido al aire, recibí una carta de correo postal franqueada en París, una respuesta a las tantas que había enviado. La misiva, firmada por Gustavo Álvarez Núñez, autor de la reseña, me decía con toda sencillez que Sólo se vive una vez. Un tratado sobre el mundo de la noche era un invento suyo, que Armando Enhiesta no existía, que todo el asunto no era más que una broma literaria, una farsa musical escrita para un número de la revista Otra Parte dedicado a la Crítica-Ficción, y que nunca pensó que un periodista avezado o, más vergonzante aún, que un verdadero conocedor de la música electrónica se lo iría a tomar en serio. Todavía no me atreví a llamar a la radio para contar la verdad.

6 comentarios:

bro dijo...

¿Será posible que no hayan mencionado las cenas en el chino?

Pilar fundamental de este ciclo!!

chicaenminifalda dijo...

bro: laura vino en los inicos. cando el chino maoísta era un cine bolchevique llamado cosmos.
hay un antes y un después del chino, te toca retratarlo bro.

Nicolás dijo...

el cosmos...aquel bolichin con pantalla en donde habia cuatro o cinco butacas y pasaban peliculas del under del under? eRa ese? el de la avenue corrientes? Ahhhh...( suspiro)

chicaenminifalda dijo...

de bergman a cine indie pasando por todo (lo que no se ve en el showcase)

bro dijo...

A ver si di en el clavo: http://stonerbrunch.blogspot.com/2010/12/comunion-en-el-chino.html

Abraxo!

Eduardo Sobico dijo...

El Cosmos. Antes de ser pequeño cine Under, era inmenso cine under-bolche.
Una sala a la antígua usada por una distribuidora que traía películas del este, creo que solo porque eran más económicas. Y tambien eran buenísimas.
Peliculas de europa del este y decididamente soviéticas. Hablo de comienzo de los ochenta, antes de la caída del muro y cuando parecía que nunca jamás caería.
Había documentales tipo "sucesos argentinos" pero de allá, impresionantes.
Y allí conocí a Andrei Tarcovsky, osea que allí conocí el cine.

EdC (cine)