martes, 10 de agosto de 2010

Christopher Hitchens - deportado-

Me costó un esfuerzo extenuante cruzar la habitación de mi hotel en Nueva York y llamar a la emergencia médica. Llegaron con gran celeridad y se comportaron con inmensa cortesía y profesionalismo. Tuve tiempo para preguntarme por qué necesitaban tantas botas y cascos y tanto equipo pesado, pero ahora que veo la escena en retrospectiva la interpreto como una gentil y firme deportación, que me llevaba desde el país de los sanos hacia la frontera que delimita la tierra de la enfermedad. En unas horas, después de bastante trabajo de emergencia en mi corazón y pulmones, los médicos en este triste puesto de frontera me mostraron algunas postales del interior y me dijeron que mi siguiente parada sería con el oncólogo. Una especie de sombra se estaba extendiendo sobre los negativos. La noche de esa terrible mañana se suponía que debía ir al Daily Show de Jon Stewart y aparecer en un evento que tenía las entradas agotadas en el Upper East Side: una conversación con Salman Rushdie. Mi breve campaña de negación tomó esta forma: no iba a cancelar estas apariciones o decepcionar a mis amigos o perder la oportunidad de vender una pila de libros. Me las arreglé para llevar adelante ambos shows sin que se notara nada, aunque vomité dos veces, con una extraordinaria combinación de precisión, prolijidad, violencia y profusión, justo antes de cada presentación. Esto es lo que hacen los ciudadanos del país de los enfermos cuando se están aferrando desesperadamente a su viejo domicilio.
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