el 4 de octubre en Madrid

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La máquina de proyectar sueños

viernes, 6 de mayo de 2016

La máquina de proyectar sueños en Radar Libros

libros
DOMINGO, 17 DE ABRIL DE 2016
CECILIA SZPERLING

MUCHACHA OJOS DE PAPEL

En La máquina de proyectar sueños, una original novela que su autora define como una “fábula autobiográfica”, Cecilia Szperling traza la historia de una chica insomne que de noche en noche, de juego en juego y entre fantasías y cuentos aterradores va descubriendo el mundo de los adultos, lleva a cabo su propia iniciación a la vida hasta desembocar en la literatura y sus sueños de papel.

 Por Mercedes Halfon
La nueva novela de Cecilia Szperling, La máquina de proyectar sueños, tiene en la tapa una de las clásicas ilustraciones de Flavia Da Rin de chicas ondulantes y juguetonas como ninfas, cuyo rasgo principal es el tamaño de sus ojos: ¿será el fruto de largas noches de insomnio, del exceso de llanto, de una curiosidad superlativa o simplemente la amplificación de una interioridad que se revela deforme? Algo de todo esto tiene la heroína de la novela, que es el relato de una niña solitaria que se convierte en muchacha, transitando el ámbito singular y cargado de su familia, la anomia horizontal de la escuela, para alcanzar luego aquellos vínculos que inventa a su medida. La historia va mostrándonos esos espacios como si la protagonista emitiera una luz teatral con un alcance mediano: vemos solo algunas facetas de sus padres, esmerilados perfiles de sus hermanas, sus mejores amigas, sus diferentes amigovios. Pero, sobre todo, vemos el espacio que media entre ella y ellos, un espacio que es ficcionalizado, texturado, iluminado con distintos haces de color.
La novela se autodefine como una “fábula autobiográfica”. ¿Cómo interpretar semejante contradicción? En principio como una desmarca respecto de las escrituras documentales, o del yo, de las que Cecilia también es propulsora y parte (no olvidemos que es la animadora del ciclo de lecturas en primera persona Confesionario, que luego se volcó en dos volúmenes de relatos autobiográficos editados por el C.C. Rojas). Si bien tenemos el relato retrospectivo de iniciación de una niña, con una serie de marcas que la señalan como autora y narradora vivencial, la novela se despliega en horizontes más amplios, no regidos por el documento ni el rigor a la verdad. Cecilia Szperling dice al respecto: “La fábula es la poética del personaje. De todos los posibles ‘yoes’ que contengo, hubo uno que se presentó, como en una sesión de espiritismo, y a ese no le puse límites. Dejé que remontara su poética y el tiempo fue dejando caer textos que me gustaban mucho pero que no pertenecían ciento por ciento a esa poética. De algún modo mi yo, no deja de ser un personaje de fábula”. Es así como este personaje narra en primera persona sus vivencias, sus aventuras intensas y lo hace además en presente. Es este punto de vista lo que da a su vez a la novela una dimensión fabulosa: ¿acaso no son los niños los mejores relatores de historias, los mejores fabuladores? Gran parte de la frescura y extrañeza de este relato radica en ese presente infantil y todo lo que permite.
El primer capítulo de la novela, “Las noches”, nos presenta a una niña insomne, que ve cómo cada una de sus hermanas cae frita y se lanza a recorrer su bella casa en penumbras, descubriendo misterios, enfrentando fantasmas, observando fascinada el rostro de sus padres cuando están entregados a eso que ella no logra hacer: dormir. Es así como entramos a la novela, por esa puerta trasera que es la noche, la noche en vela de una niña que se detiene en cosas raras, deja volar su imaginación, sufriendo y gozando su propia y solitaria adrenalina. A ese capítulo le sigue “El jardín”, donde el delicado clima de ensueño se vuelca sobre el espacio abierto del fondo de la casa, donde ella observa esta vez plantas y flores exóticas que perviven sin demasiado cuidado. Los siguientes capítulos avanzan en la vida de la protagonista: las clases de teatro a las que la lleva su papá, las visitas al laboratorio de la mamá, las vacaciones en un hotel donde no puede integrarse a la dinámica familiar y se recluye en un cuarto, acosada por una supuesta insolación y el fantasma de una niña ahogada en la pileta de abajo. Cada una de las experiencias que atraviesa la vigorizan, ensanchan su imaginación. También aparece un nuevo gabinete de curiosidades con las probetas y tubitos de ensayo que le trae su madre, el descubrimiento de su propia capacidad de desmayarse, a la par del de las continuas afecciones de su padre, que no termina de comprender pero la entristecen.
Los capítulos se ordenan por una ilusoria cronología, que si bien avanza en el tiempo –infancia, pubertad, adolescencia– responde más bien a unidades temáticas o espacios imaginarios. A veces una misma sensación la atraviesa en diferentes momentos, como un presagio del futuro o una reminiscencia. En este sentido la autora opera sobre la idea de autobiografía: el relato de la vida también es el relato de lo que vuelve, lo que retorna de forma inevitable, como el insomnio, y la literatura aparece como una forma de combatirlo, que la termina llevando a otro mundo.
¿Es la protagonista de La máquina de proyectar sueños entonces una bella no-durmiente, o mejor, una Alicia emancipada armando su propio itinerario de fantasías? Dice Cecilia Szperling sobre todo este imaginario sugerido: “Los cuentos infantiles en la voz de mi madre me resultaban increíblemente melancólicos, devastadores y tormentosos. ¡Justo antes de dormir! ¡Las niñas siempre frente a tantas injusticias! Muertas, dormidas, comidas, atacadas, perdidas, pobres, reinas sin reino, acosadas por madrastras, lobos, reyes malvados. Creo que los derroteros de todas ellas son tan intensos que solo los volví a ver en Justine de Sade o en Dogville de Lars Von Trier. Ana Karenina es de esa familia también. Esa belleza y desamparo, es una marca indeleble. Aún en los tiempos de Freud y de las psicopedagogas escolares... yo al menos, fui tocada por el huso envenenado de esas historias de deseo aterrador y parece que el veneno todavía perdura.”
La máquina de proyectar sueños. Cecilia Szperling Interzona 170 páginas
Solo falta mencionar entonces, dentro de las historias que condensa esta historia, de las heroínas que condensa esta heroína, a la más adulta, que se evoca sutilmente y desata múltiples resonancias: Catherine Deneuve en Belle de jour. La película se la cuenta una compañera más grande del colegio, en una escena típicamente puigiana, durante el tiempo muerto de la hora de comedor. De algún modo su amiga rebelde y más grande está “abriéndole los ojos”, aun más, a esta chica que todo el tiempo imaginamos como una de las ninfas de Da Rin. Es el anuncio de la adolescencia, la protagonista empieza a observar y observarse con más distancia, con más sospecha, traza alianzas que van a permitirle una rebelión más moderada que la de Catherine pero a la vez más productiva y moderna. Modos de escape de Belgrano R y su petit mansión signada por la tragedia que se avecina. Nuevas amistades, canciones, danzas y finalmente la literatura, que empieza con lo que retorna, de los ojos al papel.
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 INDICE
  • NOTA DE TAPA
    UNA NACIÓN DE PALABRAS
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  • CECILIA SZPERLING
    MUCHACHA OJOS DE PAPEL
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miércoles, 4 de mayo de 2016

María Moreno lee La máquina de proyectar de sueños

https://www.youtube.com/audio?video_referrer=watch&v=1yT_ggXhvjQ

MARIA MORENO lee La máquina de proyectar sueños.

Cecilia Sz y Fabián Casas leyendo La máquina de proyectar sueños

https://www.youtube.com/audio?video_referrer=watch&v=1yT_ggXhvjQ

en Harper's Bazaar Mayo- Columna.


El sábado 7 de mayo en la Feria del Libro a las 18hs

http://www.el-libro.org.ar/autor/17668/


lunes, 25 de abril de 2016

El idioma de los pájaros- El libro más hermoso.

El libro Más hermoso
Fit fit firuit, saluda el Pipilén.
Piupiú piupió, invita el Cisne
Wil Ki ki kiii, la felicidad del Zórzal
los pájaros, sus cantos, que significan según el maestro mapuche Lorenzo Aillapan, nombrado- Tesoro Nacional Viviente.
Delicioso! Gracias Luis Cruz.(lo consiguen en el stand de Chile de Feria del libro)





sábado, 23 de abril de 2016

Amaría tener esa herencia Literaria


The Writer's Block: A Video Q&A with Mario Bellatin

The Writer's Block: A Video Q&A with Mario Bellatin

Los tímidos vivimos en el Futuro y en el Pasado! Por eso la lectura, la escena, la perfo que como mucho deja una foto. Para habitar el Presente a la fuerza.

Así fui escribiendo La máquina de proyectar sueños. En escenarios, con la genia Paula Maffia cantando a veces sumando a su banda increíble La cosa Mostra (amo!), con las proyecciones de Daria Flavin, algunas imágenes originales para esos escritos y otras de su producción anterior que habitaban el mismo universo de Las Noches, ese primer capítulo que escuché tanto y que no creí sería letra y libro. La magia del vivo, de lo efímero, de los irrepetible me atrajo como un espiral hipnótico. Las fotos de Natacha Ebersquedan como documento de esas escenas de vértigo de presente. Porque como me dijo Pedro Mairal los tímidos vivmos en el futuro y en el pasado...por eso el desafío del presente puro y que lo demás no importe.


Las noches- Lectura del primer capítulo de La máquina de proyectar sueños. ph: Natacha Ebers






La máquina de proyectar sueños. Una especie de adelanto hace un año en Mundos íntimos. Clarín

Memorias de una niña que le temía a la noche

Mundos íntimos
Desvelada, no quería dormirse. Al acostarse le narraba cuentos a sus dos hermanas con el secreto deseo de hacerlo tan bien que ellas no conciliaran el sueño. Pero al rato, ambas caían exhaustas. Entonces recorría los cuartos, imaginaba historias y a la mañana su mamá la encontraba recostada en el piso. Algo de eso subsiste: si no está en su casa, se duerme recién cuando se intuye el primer rayo de la mañana.

  • Cecilia Szperling
¡Pero vos no dormís sola como yo!– me recriminó mi hija Lola cuando la insté a dejar de pasarse en medio de la noche a nuestra cama. Sentí esa culpa que me produce no darle todo tal cual ella imagina para una vida perfecta. No le había dado hermanas con quienes compartir la noche. De todos modos cuando yo tenía su edad, nueve años, tampoco podía dormirme a la noche, a pesar de compartir la habitación con mis hermanas Silvina y Susana. Una mayor, otra menor, y yo en el medio. Cargo todos esos conflictos de la hermana del medio, ni la grande ni la chiquita, más bien siempre desubicada.

En calidad de madre contenedora le digo que es hermoso dormir, pero al mismo tiempo me asalta mi propia imagen de niña en camisón, que protesta y dice: es aburrido dormir. Y mientras intento calmarla sobre los fantasmas de la noche, me hundo en el recuerdo de mis miedos infantiles.

Al irnos a la cama, después de un baño en conjunto con mis dos hermanas, muy placentero, empezaba a desesperar, sabiendo que ellas iban a caer dormidas antes que yo. Sabía que quedaría sola, porque aunque ellas estuvieran a mi lado, dormidas eran momias, eran otras, no hablan, no se ríen. Yo usaba todas mis habilidades de Scherezade para contarles historias que las dejasen intrigadas y que les impidieran dormirse tan rápido.

Sembraba todos los misterios posibles en relación a las personas que nos rodeaban, con la esperanza de que esas historias las despabilasen y que ya no quisieran dormir. Y que pasásemos toda la noche juntas, las tres despiertas, atravesando ese bosque nocturno oscuro, lleno de amenazas, graznidos y árboles con formas de fantasmas, para llegar de la mano a la claridad del día. Pero Mayor era la primera en abandonarme y dormirse. Mis cuestiones no dejaban de ser infantiles para sus oídos. Y Menor se marchaba muy poco después, ganada por los bostezos.

Ellas se iban al mundo de los sueños y yo me quedaba despierta. Con los ojos en plato, cargando todos esos enigmas y mentiras con los que había intentado detener el sueño de ellas. Ese maldito y cruel dormir que dejaba a mis hermanas tendidas como muertas y las apartaba definitivamente de mi lado.

Mis padres dormían en la pieza lindera a la nuestra. Me ilusionaba con que mis sueños se mezclaran con los de ellos … tan próximos. Quien dice podríamos encontrarnos en esa dimensión, tan solitaria, que siempre me deparaba situaciones inesperadas que no llegaba a comprender, de las que me quería escapar.

Mis piernas se iban volviendo pesadas o quería pedir auxilio pero mi garganta se quedaba sin voz. Quería liberarme del pollito que tras tomar la fórmula prohibida crecía inexorablemente hasta convertirse en el más horrendo de los pollitos gigantescos, o simplemente entender por qué las paredes de mi cuarto se agitaban y cobraban vida propia. Seguro que si mis padres hubieran estado allí, me hubieran explicado algo, o al menos hubieran salido en mi defensa mis hermanas. ¡Pero no! Cada uno se marchaba solo a su reino lejano. Nadie me pedía que lo acompañase, nadie tampoco quería acompañarme a mí a esa morada oscura, a la que yo temía entrar al cerrar los ojos. A la comarca de los sueños no se puede ir con nadie, solo te dejan entrar si vas solo.

Me acerco a Menor y veo como sube y baja su pecho al ritmo de la respiración. No siente que estoy tan cerca, soy invisible. Mayor sigue imperturbable, ni siquiera acusa recibo de que le toco el pelo. ¿Qué hacer? Me levanto en el silencio total de la noche y camino por el pasillo hasta la pieza de mis papás. Como todas las noches en las que no puedo dormir, entro en su cuarto. Y siempre me impresionan sus caras dormidas, verdaderamente parecen muertos. Por algún motivo, siempre renuevo las esperanzas de que algo bueno ocurra en medio de la noche en la pieza de mis papás, pero nunca pasa.

Habitamos esa gran casa de tres plantas, con escaleras de madera y pasamanos que crujen al tocarlos. Deambulo por la casa en silencio sola, subo y bajo escaleras, no me animo a abrir las puertas de los cuartos del tercer piso ni a salir al jardín.

Una noche siento ganas de correr. ¡Estoy tan despierta! ¡Abajo voy! ¡Al jardín salvaje! Es de noche. Siempre deambulo por ese caserón nunca salgo al jardín. Es muy salvaje, el pasto sin cortar, los árboles sin podar. Piso carozos de nísperos o resbalo con esos caquis ya demasiado maduros. Pero esta noche avanzo porque la luna llena esclarece el jardín y se ve más luminoso que la casa hundida en la penumbra.

Voces interrumpen el silencio: no sé si esos vecinos ríen y cantan o discuten y lloran. Entro corriendo a la casa porque no quiero seguir escuchando, subo las escaleras agitada. Me apoyo contra el barandal y miro los escalones hacia arriba y hacia abajo. Las formas espiraladas de la escalera me hacen sentir como aplastada entre dos langostinos. Decido no dormirme hasta que llegue la luz del día, sentada en el piso, entre los dos cuartos. A la mañana mi mamá me encuentra en el pasillo, dormida en posición fetal.

Las noches en vela se van sumando. La siguiente noche, con mis hermanas dormidas, inamovibles, al entrar en el cuarto de mis papás descubro una máquina de proyectar películas que está encendida. Es un proyector súper ocho. Imagino que en esa máquina ponen mis sueños y ahí me mandan pesadillas, mientras que a mis hermanas les mandan sueños deliciosos. Vagabundeo de aquí para allá. A la mañana siguiente mi mamá me encuentra dormida, esta vez en el piso del baño.
Una noche creo que me trago la lengua. El sueño es tan vívido que creo que estoy a punto de morirme. Me despierto sin poder separar la lengua del paladar y
siento que así es la agonía y así la muerte. Mi mamá me trae un vaso de agua y decide acostarse en mi cama conmigo.

Otra noche quedo atrapada en la Pantalla Atrapaniñas. La proyección de un color amarillento y pegajoso me atrapa en la pared del pasillo entre los dos cuartos. Madre me despierta y me saca del sueño. La veo asustada a ella también, sobresaltada. La inquietan mis pesadillas. Al despertarnos, en el desayuno familiar o en el viaje en auto hacia los colegios, jamás se mencionan los episodios nocturnos. Quedan entre mi mamá y yo, aunque nunca los conversamos a solas tampoco. Entiendo que su silencio es un modo de restarle importancia al asunto. No hace falta perder el tiempo hablando de eso. Pero en el fondo voy anidando la idea de que mis desvelos, pesadillas y deambular nocturnos no están bien, que hay que ocultarlos, que es conveniente no nombrarlos para mantenerlos a raya y así evitar que puedan crecer y trepar como las enredaderas del jardín que, voraces, cubren todas las superficies alrededor nuestro.

Durante el día me olvido completamente de esos estados de perplejidad, donde la ansiedad y el miedo me asaltan. Pero cuando vuelve la noche, me acuerdo de todas las cosas fuera de control que me suceden y un sentimiento mezcla de desafío y terror me invade. Básicamente mi miedo se reduce a que mi familia no se despierte nunca y … que sería yo sin todos ellos?

Mi madre me llevó a la psicóloga, a la psicoanalista e incluso al neurólogo. Me hicieron dos electroencefalogramas, lo que en la escuela me trajo una fama que yo decodifiqué como de “interesante”. La verdad es que no tengo idea de cómo era entendida por las otras niñas esa palabra de adultos: electroencefalograma. Creo que yo la transmitía como “electroshock”, aunque no abusé del término porque a los nueve años tenía plena conciencia de que me estaba jugando en la fina línea entre la salud y lo otro. Para mí lo otro era el surrealismo, el dadaísmo, de lo que tenía idea gracias a una prima de dieciséis que me llevaba al teatro y me enseñaba nociones de política y arte.

En el primer electroencefalograma –en un consultorio particular– me conectaron a la cabeza terminaciones de cablecitos de colores y me dijeron que iba a ver a Mickey. Todo pasó rápidamente, sin la aparición de Mickey, lo que me desilusionó muchísimo. Al menos pude usar la desilusión como moneda de cambio con el médico, yo también tenía mi réplica a la situación. El asunto terminó con el premio consuelo de que no solo estaba sana sino que mi coeficiente intelectual era mayor al de la media. ¿Nos dijo eso? ¿…o fue un consuelo de mi madre y no exactamente del médico? En todo caso, lo del coeficiente no me servía, en la escuela estaba armando otro perfil.

El segundo electro me lo hicieron en el Hospital Rivadavia. Mi madre trabajaba como bioquímica en el laboratorio. Me volvían loca esos olores, pipetas y sustancias que ella manipulaba con su delantal blanco. Allí fue todo más antiguo, de modo que me sentí una especie de Frankenstein. Te prendían unas luces para ver cómo se alteraba el ritmo cerebral y un mínimo de miedo me dio. Pero el verdadero miedo era la noche, mi casa de noche, ese abandono de mis hermanas y de mis padres que me partía el corazón.

Los neurólogos la retaban a mi mamá: si ella exponía a estas pruebas a una nena sana, la iba terminar enfermando. Pero las psicólogas no le ofrecían soluciones. Me gustaba ponerme pícara y manipularlas un poco en esos tests. De tanto hacerlos había descubierto sus trucos. En esos cartones entintados pretendía ver situaciones increíblemente tristes, niños desamparados, injustamente encarcelados, condenados a morir de hambre o cruelmente desmembrados. Todo para desarmarles su estructura burguesa de departamento impoluto, con su arbolito navideño decorado. Ellas le decían a mi mamá que lo mío era preocupante, que consultara a un psiquiatra. El psiquiatra me recomendó Valium, para calmar un estado de ansiedad nocturno. La maestra retó a mi mamá: “¡Una nena de nueve años tomando Valium! ¡Con razón se duerme en clase!”

Después una psicoanalista más astuta me recibió en su consultorio pequeño, todo marrón. Una vez por semana yo le dictaba historias inventadas y ella era mi María Kodama. Llenamos carpetas y carpetas de historias. La noche mejoró un poco … pero hasta el día de hoy, muchas noches elijo estar despierta. Si no duermo en mi casa es posible que elija no dormirme. Me encanta atravesar la noche completamente lúcida y esperar despierta hasta que lo oscuro ceda. Cuando veo que el tinte del cielo empieza a clarear, con esa mínima señal de que el día está por venir … desayuno y me meto en la cama, como una guerrera que le ganó la batalla a esa Larga Noche Sin Fin tan temida por mí.


Cecilia Szperling

Su perfil se centra en explorar el ámbito privado; descubrir a través de largas charlas aquellas facetas que a menudo no se comparten. Lo ha hecho durante años en el espacio “Confesionario”, en el Centro Cultural Ricardo Rojas, donde invita a artistas a contar algo muy único de sus vidas, y hoy lo hace también en Radio UBA. Dirige el ciclo “Libro marcado” en el que escritores exploran las anotaciones que dejan grabadas en las obras que los impactaron.
Cecilia ha publicado ”El futuro de los artistas” (relatos) y la novela “Selección natural”.https://www.blogger.com/blogger.g?blogID=36547642#editor/target=post;postID=7627620087242675567

La bella durmiente- Obra/vidriera/perfo de Nushi Muntaabski- Ceci Sz lee un cuento para despertarla.


ph: Natacha Ebers.
Estas escena prodrían ilustar perfectamente La Máquina de proyectar sueños. En sincro Nush!!!